Recuerdo el primer año que tome clases de batería, a mis 17 años aproximadamente, era en una academia de musica con cierta fama en su momento. Tenian un sistema simple pero efectivo para quienes no tenían idea acerca de como tocar y empezar paso a paso.
Recuerdo aprender rápido, pero para que el negocio diera un ingreso constante, mi maestro de batería ( que también era el director de la academia ) dosificaba cada lección lo mas que podia, fue así que al llegar casi al año solo sabia unas cuántas canciones.
Y en ese punto se hizo la posada de la escuela, algo que era una especie de festejo de amigos con festival de alumnos, recuerdo que preparamos canciones pero era tan limitado el tiempo que no todos podían tocar. Cuando llego el día mis papás me dejaron en ese salon de eventos al aire libre donde se hizo el festejo, pasamos un rato agradable a pesar de que no platique con mucha gente, ya era un pinche alienado desde entonces. Cuando empezó el jam fueron llamados varios alumnos, y para no alargar tanto la anécdota, yo no pude tocar. Recuerdo que entre mas pasaban y el tiempo se consumía mis esperanzas de tener mi debut delante de una audiencia se esfumaban, al final no toque y mis padres fueron por mi a la hora que les dije que terminaría, a pesar de la fiesta parecía estar empezando.
Recuerdo estar muy agüitado camino a casa, cuestionándome seriamente si seguir en esas clases o no ya que no estaba disfrutando el tiempo con mis compañeros y no parecía que fuera a tocar con nadie. Llegando a casa puse uno de mis discos favoritos de aquel entonces, el Follow The Leader de Korn, y a pesar de que ya lo había escuchado casi en loop por meses me puso eufórico y empece a mover la cabeza como si el cabello me llegara a la cintura, el animó volvió a mi como si nada hubiera pasado. Y recuerdo que esa fue la primera vez que repare en el poder curador de la música conscientemente, de como la tristeza se transformó en gozo puro.
Mas adelante en la vida, viviendo solo en la Ciudad de México, a mis 30 años aproximadamente, caminaba a casa un tramo largo para ahorrarme un pasaje de metro, estaba literalmente en la quiebra y tenia que economizar lo más que pudiera. Era una de las etapas mas obscuras de mi vida, sin dinero, sin amigos con quienes apoyarme y después de haber terminado una relaciones que fue lo mas cercano al amor de mi vida, estaba en una depresión que me hizo considerar seriamente cancelar mi suscripción a la existencia por primera vez. Recuerdo caminar y escuchar música en el cel que me mantenía un poco en ese humor.
Ese día, llegando mas o menos a la mitad de mi viaje, seleccioné un album que tenía pendiente de escuchar ( siempre tengo mucha música muy buena pendiente para escuchar que trato de buscar un momento para dedicarle toda mi atención ) y lo deje corriendo mientras caminaba, era El Tiempo De La Revolución de Erik Truffaz, una joya del jazz contemporáneo que en cada canción me daba la impresión de devolverme algo que no sabia que había perdido. Termine el álbum aún a un rato de camino para llegar pero mi animo estaba completamente cambiado, recuerdo detenerme un momento en el cual una lagrima me brotó de lo conmovido que estaba, la trompeta de ese genio francés me llenó de vida, como si siempre hubiera estado ahí ese animo. Recuerdo haberle escrito por Face para agradecerle, y el responderme unos días después agradecido por mis palabras.
Momentos como esos eh tenido varias ocaciones en mi vida, y parece que siempre hay algo que salga de la nada para sacarte un momento mas a flote.
Ultimamente mi Padre a ocupado mucho de mi pensamiento, y mucha música que me lo recuerda solo me hace llorarlo de nuevo de manera amarga, pero hoy escuche una pieza que a el le gustaba y que aprendi a apreciar años después, Claire De Lune de Claude Debussy. De alguna manera sentí como si el ritmo lento inicial y la melodía tratara de levantar mi cara gentilmente, y mientras avanzaba no podia dejar de pensar en mi Padre, dejándose llevar por el momento, pero confiando en que la melodía me guiara a mi también, sin darme cuenta acabe de escuchar la pieza en lágrimas, pero con una sonrisa de agradecimiento al final, con el autor y con el recuerdo que mi Padre dejo en ese banco sonoro de memoria.
No les voy a mentir, siguen siendo días obscuros, pero detalles como esos me ayudan a ver algo de luz a lo lejos, como si hubiera una salida del túnel a kilometros de distancia, pero una salida a fin de cuentas. Esos rastros de amor que mi Padre dejo en mi en forma musical y arte me ayudan a sentirlo cerca, pero también me ayuda a reforzar la idea de que, en cualquier escenario, la música realmente cura.